Cuento sobre Valcárcel Recuperado

Mi nombre no es importante, aunque seguramente me conozcas,
me habrás visto en tus paseos por Cádiz, o te habrán hablado de mí y de muchas historias que han vivido a mi lado…

Ahora que siento que puedo desaparecer,
ahora que tengo más miedo que nunca,
quiero que todos los gaditanos y gaditanas, que todas las personas, conozcan mi historia….

Nací hace mucho tiempo, antes de que tú nacieras, antes de que nacieran tus padres, incluso, antes de que nacieran tus abuelos.
Cuando me dieron vida, todo el mundo estaba contento y todo el mundo me quería,
me hicieron grande y muy bonito, con muchas habitaciones y ventanas para que pudiera ver el mar, que enfrente de mí se alzaba…

Estoy hecho de rojo ladrillo que brilla en mi azotea, hay parte de Cádiz en mí, y su vida está en mi piedra ostionera, pero también conservo en mis entrañas, fuerte mármol grisáceo que orgulloso te observa y te saluda desde el patio…

En verdad, larga es mi historia, y no sé por dónde empezar, quizás pueda hablarte de mis años más tiernos, cuando yo era joven y conmigo niños y niñas vivían.

Me sentía, el edificio más importante del mundo…
Todas las mañanas, me despertaban los ruidos de los niños y niñas que temprano se levantaban y me daban vida y me hacían cosquillas cuando con sus piececitos por mis pasillos corrían.

Yo los cuidaba, los quería, y con mis fuertes muros los protegía. Ellos no lo sabían, bastantes ocupados estaban con todas las actividades que hacían, pero algo muy fuerte, un lazo de cariño, unía para siempre sus vidas y la mía.

Muchas lágrimas derramé, en silencio, para que ellos no me escucharán, porque esos niños y niñas crecían, ¡y claro!, de mí se alejaban.
Aunque la tristeza poco me duraba, porque otras risas, otros pasos, hasta mis muros llegaban.

Y así pase muchos años, velando los sueños de los que albergaba, y siendo feliz con sus juegos en las madrugadas.

De pronto un día, algo sucedió, que ya no dormían en mis cuartos ni por las noches rezaban, ahora iban con libros, y de mis puertas salían y entraban, andaban todos mezclados, los niños y las niñas, y aunque eran otras sonrisas, yo a todos, los quería.

¡Que años más bonitos, que maravilloso era todo! Yo, seguía fuerte y esbelto y aquellos niños eran mis tesoros. Y los veía crecer, jugar, correr y caerse por los patios.

Y así transcurría mi vida, entre otoños y primaveras sintiendo el calor en mis paredes y la alegría en mis venas.
A veces reconocía algún niño, de esos que conmigo sus años compartieron, paseando por las calles, pero ya habían crecido y en adultos se habían convertido.

Y ¿sabes qué?, muchos de esos niños, ya adultos a los que yo sonreía desde mis ventanas, traían sus hijos hasta mí, y me hablaban, me decían:
“¡a mí me has hecho feliz, son muchos los años compartidos, y que orgullo más grande que ahora entre en ti mi niño!”

Y así era, generaciones y generaciones pasaron y crecieron en mí.
Hasta que un día, un negro día… un último niño salió y detrás suya, un hombre con duro semblante, y la puerta nunca más se abrió…

Y solo me quedé, con mis recuerdos y ventanas mirando al mar, buscando en cada una de las personas que pasaban alguna cara amiga, que me reconociera, que se dignara a mirarme siquiera….

Y los veía pasar, y que pena me daba, porque muchos de ellos, acortaban el paso, clavaban sus ojos en mí y con el corazón me hablaban ¡que han hecho contigo, que solo estas!

Y yo, esas palabras escuchaba y hasta mis viejos muros las palabras me llegaban…

En algunas ocasiones, yo me ponía muy triste, porque algunos de los niños y niñas que conmigo habían estudiado, paseaban estirados y distraídos por delante de mí, ahora con sus hijos, y no volvían la cabeza ni siquiera para saludarme, para recordarme….
Yo me esforzaba porque me reconocieran, porque dirigieran sus ojos hacia el edificio que los vio crecer, pero ellos andaban absortos en sus pensamientos, y yo, yo me sentía desaparecer.

Y los años pasaron uno tras otro, abandonado y olvidado en mi Cádiz, frente al mar, sin volver a escuchar a mis niños y sus risas, sin volver a sentir sus miedos y sus alegrías.

Once años de soledad, once años de abandono… las lluvias en mis muros han penetrado y me han hecho viejo y débil, mis paredes se cayeron, los muebles acumulados y tirados por mi cuerpo, la suciedad anida allá donde antes había niños jugando en el suelo…

Y las palomas ¡pobres palomas! creyeron al verme solito y destrozado, que en mí podían anidar, y han sido la única compañía en esta larga soledad….

¡Pero no te pongas triste, no quiero ver esa carita! Porque algo mágico sucedió y cuando pensaba que mi familia de mí se había olvidado alguien, algunos jóvenes distintos entre ellos, pero con lazos de hermanos, me resucitaron.

Y entraron…

La vieja puerta chirrió al mismo tiempo que sus corazones y mis ojos del largo letargo despertaron, poco a poco con sus pasos…

Yo no los reconocía pero ellos a mi si, y dicen y comentan que algo mío hay en ellos, y abrí mis ojos, y allí estaban entusiasmados y sin miedo…

¡Qué bien, una visita! Pensé, pero aquellas personas no vinieron a visitarme, ¿sabéis a que vinieron?

¡VINIERON A RECUPERARME!

Y se pusieron mano a la obra, lavaron mi cara, con agua y esponja, recogieron los trastos que andaban en mis alcobas, barrieron y fregaron por aquí y por allá y un gran bostezo se escuchó en el patio central…

Abrieron mis ventanas, ¡por fin puedo ver el mar!, arreglaron mis suelos que desgastados andaban ya,
Y abrieron las puertas otra vez al pueblo,
y vuelvo a sentirme joven y de amor sediento…

Pero ¿qué es ésto que veo? ¿Qué estoy escuchando?
¡Son niños y niñas que otra vez están jugando!

Y reconozco viejas caras, mis antiguos alumnos que con amor y empuje, vida le devuelven a estos muros,
Y, mi Cádiz que entra y mi Cádiz que vuelve a mí…
¡No me han olvidado, se acuerdan que sigo aquí!

Y ahora que tengo vida, que vuelvo a mi pueblo, al que pertenezco y del que nunca me debieron alejar, os doy las gracias por ser valientes, por dejarme volver a sentir los pasos en mis pasillos, los corazones latir, el ruido, las risas, la esperanza fluir…

Solo una cosa os pido, si no es mucho pedir, no dejéis que vengan los malos, que me quieren destruir, recuperarme para vosotros mi pueblo querido, que con el alma nueva yo os recibo.

Y entrar y salir por mis puertas, que yo no voy a quejarme, y si alguien os pregunta donde vais, decidle con fuerza

¡Voy a la casa del pueblo, yo voy… a VALCÁRCEL!

Con todo mi cariño, a todas las personas que forman este maravilloso proyecto…
Escrito en alguna de las semanas del mes de Julio de 2011

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